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Las Flores de la guerra

San José Las Flores, en Chalatenango, fue fundado en medio de las balas del conflicto armado.   Quince años después mantiene una estructura comunitaria funcional, y es territorio indiscutible del FMLN.

Carlos Dada/Fotos: Jeannette Cornejo
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Hermana María Teresa, de las hermanas de la Asunción

Es una fresca tarde de enero y Emerson trae mandarinas en la mano para regalarnos.  Las ha cortado él mismo, dice sonriente y con la mirada del héroe, en el jardín de una casa vacía de gente, pero en la que hay un perro bravo que ha ladrado mostrando sus colmillos y que está amarrado a un palo.

San José Las Flores -este diminuto pueblo al norte de Chalatenango y los cerros que lo rodean- es el universo de Emerson. Tiene ocho años y una fértil imaginación, condición necesaria para entretenerse aquí. Un pueblo en el que no pasa nada.

En la plaza, dos grupos de hombres de todas las edades se sientan a jugar cartas. La cantidad de ropa indica también su jerarquía. Los más viejos no llevan camisa. Los adultos llevan apenas una camiseta interior o mangas cortas abiertas.  Los más jóvenes cuidan mucho su imagen, una necesidad vital en un pueblo de pocas mujeres, y llevan la camisa, o camiseta, como si anduvieran en domingo. En una de las mesas hay dinero de por medio.  En la otra se juega por placer, pero los hombres intercambian las mismas miradas de desafío,  y sueltan naipes sobre la mesa con la energía de quien se juega algo más que el dinero: el orgullo y el reconocimiento de los demás. Esta es la única diversión aquí. Frente a ellos, en la cancha de básquetbol que ocupa buena parte de la plaza, los niños juegan fútbol. Las mujeres encienden comales y alistan la masa para tirar tortillas o pupusas.

La Policía Nacional Civil, que tiene un puesto casi de trámite en el pueblo, registra apenas 15 detenidos en todo 2006. La mayoría, dice el oficial de turno mientras hojea el cuaderno de reportes, por amenazas o agresiones derivadas del consumo excesivo de alcohol. Quince detenidos. La cifra vale no sólo para San José Las Flores, sino también para San Isidro, el pueblo aledaño. En el puesto policial ni siquiera hay bartolinas.  En la zona no hay maras, ni bandas de crimen organizado, y los niños podrían tranquilamente salir a pasear por las noches de no ser por una ordenanza municipal que les prohíbe estar fuera de sus casas, solos, después de las 9 de la noche.

Tampoco es que se pueda andar solo por San José Las Flores.  El pueblo es tan pequeño que basta que dos personas se asomen a la puerta de su casa para que estén acompañándose la una a la otra. Hay apenas 140 casas (y unas 350 en la zona rural aledaña) Y Emerson nunca anda solo.  En compañía de otros niños sube cerros y camina veredas.  Menos por aquel árbol de allá, una ceiba, porque ahí, le contó su padrastro, ahorcaban a los hombres y a Emerson le da miedo y no le gusta pasar por ahí.  Ha vivido siempre en este lugar quieto, pero a su corta edad sabe ya que San José Las Flores no siempre fue así.  Aquí hubo una terrible guerra.

Las calles y las casas están ahora al amparo de los cerros.  Hace apenas quince años estaban a merced de ellos.  De una punta a la otra, las fuerzas guerrilleras y los batallones especiales intercambiaron casi incesantemente disparos durante toda la guerra. Desde el cielo los aviones lanzaban una bomba tras otra, intentando despejar el terreno. En las calles del pueblo, un día desfilaba una columna militar y al siguiente, después de intensos combates, los guerrilleros festejaban una victoria que duraría apenas unos días. Y luego otra vez el ejército.

Lisandro Monje, miembro de la directiva comunal

“A mi abuelito el avión lo mató”, dice Milton, un amigo de Emerson. “Le dispararon desde los pies hasta la cabeza”.  Sus dos tías desaparecieron cuando tenían la misma edad que él tiene hoy, unos 8 años.  Se perdieron en uno de los operativos militares y ahora están en la lista de Probúsqueda. 

Mark Pedelty, que realizaba en El Salvador una investigación sobre los corresponsales de guerra, describió el asesinato de un joven guerrillero en San José Las Flores, que atestiguó detrás de un muro de la Iglesia del pueblo. “Yo estaba observando a dos adolescentes guerrilleros beber de botellas de Coca Cola y jugando con un yo-yo. Después recuerdo haber visto soldados corriendo, gritando a través de la plaza.  El crack de los disparos de los rifles automáticos y las explosiones de granadas eran ensordecedores en el espacio confinado. Todo el incidente duró unos veinte minutos.  Tan pronto como los soldados se fueron gritando y cantando victoria, corrimos alrededor de la plaza para encontrar el cuerpo de un guerrillero todavía moviéndose. Los pobladores dijeron que había sido herido y se rindió.  Los soldados lo interrogaron y después lo ejecutaron a corta distancia en la cabeza.  La bala le había volado la tapa del cráneo. Recuerdo claramente la reacción del embajador estadounidense cuando le preguntaron sobre el incidente.  ‘Esa clase de incidente no puede ser solapada -dijo-. Pero yo fui soldado, puedo entender.  Eso pasa en una guerra’”.

En una de las casas que aún están de pie, y que funcionaba de comandancia de las FPL cuando controlaba la zona, las paredes de adobe sirvieron también de medio de comunicación durante aquellos días.  “Comieron mierda hijos de puta”, escribió un soldado de la Cuarta Brigada.  Abajo, el guerrillero: “Decile a tu capitán que lo jodimos. Vivan las FPL”. Eran decenas, tachados, interrumpidos por agujeros de bala, escritos uno sobre el otro en un hacinamiento de mensajes que bastaba para narrar la historia del pueblo.

Los ví durante la segunda semana de 1992. James LeMoyne, un periodista estadounidense que había cubierto toda la guerra, me invitó a visitar San José Las Flores. Ese día, Salvador Sánchez Cerén, acompañado de Salvador Samayoa, caminó colina arriba y en un descampado se reunió con los combatientes.  Jóvenes, con el ceño fruncido pero sonrientes, escucharon a su comandante. En un discurso breve, Sánchez Cerén les anunció que la guerra había terminado.  

Todos, combatientes y habitantes del pueblo, almorzaron juntos en la plaza.  Arroz, frijoles, pollo y tortillas.  Frente a la iglesia, se montó una pequeña tarima y un grupo tocó canciones de protesta. Y luego vino el baile.  La guerra había terminado.

Todas las familias de San José Las Flores tenían al menos un miembro en las filas de la guerrilla. Con la paz, algunos volvieron a casa.  Los demás estaban muertos. 

La fundación
Si San José Las Flores fuera una patria, su prócer sería Lisandro Monge. Tiene más de 60 años, y una sonrisa tranquila, modesta para el hombre que, desde la plaza central, observa en 2006 el pueblo que fundó en 1986.

Emerson cuenta historias de sus antepasados quienes fueron asesinados en río Sumpul

No es que antes no existiera.  Pero en 1981, cuando esta zona ya era una de las plazas más fuertes de los insurgentes, el Ejército inició una campaña de bombardeos y evacuación de civiles para convertir el norte de Chalatenango en una zona exclusiva de conflicto. San José Las Flores y muchos otros poblados alrededor se convirtieron entonces en pueblos fantasmas.  Aquí no vivía nadie, con excepción de las estadías temporales de combatientes de ambos bandos. “Después de la ofensiva del 81 salimos en guinda”, dice Monge. “Yo vivía en San Antonio de los Ranchos, éramos como 150 personas de ahí y nos fuimos a refugiar a un campamento de las FPL. Ahí me organicé con ellos.  Monseñor Romero decía que sólo el pueblo salva al mismo pueblo y ahí tomé la decisión”.

Sus tres hijos, apenas adolescentes, se incorporaron de lleno a la lucha armada. Uno de ellos murió en combate.  Los otros dos ahora son agentes de la PNC.  Él, en cambio, tuvo a su cargo operaciones de protección de la sociedad civil.

En marzo de 1986, tras nueve días en guinda con un centenar de personas, pidió refugio en la iglesia de Dulce Nombre de María. Los campesinos se quedaron en el templo, pero los refugiados abandonaron el lugar. EL Ejército los capturó a todos y los llevó al destacamento militar número 1, donde fueron interrogados. “A mí esa noche me interrogaron 14 veces, pero al día siguiente llegó la Cruz Roja y nos llevó al refugio de Calle Real, en San Salvador”. 

Pasaron 3 meses en ese refugio, con otras 10 mil personas, y entonces Monge decidió acudir al arzobispo de San Salvador, Monseñor Arturo Rivera y Damas, para decirle que querían volver al norte de Chalatenango.  Entonces Rivera y Damas montó un extraño operativo de repoblación, inédito en la historia del conflicto salvadoreño.  Solicitó que los refugiados se concentraran en un solo pueblo y no en sus lugares de origen, y sugirió San José Las Flores por su cercanía a la carretera que lleva a la ciudad de Chalatenango. Les prometió apoyo permanente y organizó una caravana para que regresaran al lugar.  Además organizó el envío de un grupo de religiosas, las hermanas de la Asunción, para que acompañaran a los refugiados y se quedaran como sus representantes en San José Las Flores. 

El 20 de junio, en una caravana que incluía ONG’s, grupos eclesiales y sociedad civil, Lisandro Monge y 125 personas más que habían huido en las guindas refundaron San José Las Flores. Su primer enfrentamiento fue con el monte, que se había devorado las casas.  “Caminabas un poco y te encontrabas entre la maleza una pared semienterrada, y decías ve, aquí hay una casa”, dice uno de los pobladores.

Se repartieron en grupos familiares y tomaron las casas alrededor de la plaza. Y se organizaron para reiniciar sus vidas en comunidad. “Cuando llegamos fundamos la directiva comunal que se encargaba de la educación, salud, producción y reconstrucción”, dice Monge. “Los primeros meses el arzobispado nos enviaba comida.  Luego comenzamos a sembrar en colectivo”.

La hermana María Teresa, una de las que Rivera y Damas envió al pueblo para que velara por los refugiados, aún vive aquí. “Monseñor nos dijo que veníamos en nombre de la Iglesia a llevar esperanza a la gente y a humanizar la guerra”.  ¿Humanizar la guerra? “Sí. Pasé muchos años pensando cómo se podía hacer eso.  Ahora sé que significa llegar adonde hay dolor, escuchar a la gente, acompañar a las familias de los muertos”. 

Los operativos militares a gran escala se llevaban a cabo cada quince días. Cuando cesaban los ataques comenzaba el trabajo de las hermanas de la Asunción, de Lisandro Monge y de las 36 familias que refundaron el pueblo. Salían a los cerros a recoger los cadáveres de soldados y guerrilleros, los llevaban a la Iglesia y los velaban. Y a buscar ayuda médica para los heridos.

1991 fue el año más intenso de la guerra en esta zona.  En marcha las negociaciones por la paz, el norte de Chalatenango se convirtió en un lugar clave para obtener mejores cartas de negociación en la mesa.  En el llamado cerro de la bola se instaló el Batallón Atlacatl, instalaron rifles automáticos G-3 apuntando al pueblo y los francotiradores disparaban a quien caminara por las calles.  “Teníamos que caminar pegados a las paredes que ellos no alcanzaba a ver”, dice la hermana María Teresa. 

El último asesinato registrado en San José Las Flores tuvo lugar el 3 de septiembre de 1991. Una niña de nueve meses. Para entonces, la oficina de ONUSAL en el lugar tenía cinco días de haberse instalado como parte de los requisitos de cese el fuego previos a las negociaciones finales de paz. Esta muerte fue su primer reporte.

“La operación militar en la zona se intensificó el 3 de septiembre, con el resultado de que un número de miembros de la comunidad resultaron heridos y una niña de nueve meses fue muerta por una bala que la impactó mientras estaba en su hogar… Las Fuerzas Armadas dijeron a la Misión (de la ONU) que las operaciones militares conducidas en la zona forman parte de actividades de vigilancia rutinarias y que de ninguna manera pueden ser vistas como acciones  lanzadas directamente contra la población civil.  A partir de sus investigaciones, la Misión concluyó que había una línea de fuego desde el lugar en el que estaban apostadas las unidades militares cerca de San José Las Flores hasta el lugar en el que un número de miembros de la comunidad recibieron heridas de bala. Sin embargo, fue imposible determinar si combatientes del FMLN estaban en la comunidad cuando ocurrieron los incidentes…”

Una de las actividades de esparcimiento de los lugareños es jugar cartas en el parque

Se compra pueblo
Cuatro meses después llegó Sánchez Cerén a anunciar el fin de la guerra y comenzó un periodo de alegría y euforia que duró poco tiempo. Luego vino la tristeza. La hermana María Teresa lo explica: “Para los Acuerdos de Paz, la gente dijo: ‘se terminó la guerra y vamos a lograr lo que hemos soñado, pero la guerra no terminó con un triunfo. Quedó todo destruido.  Los muertos seguían muertos. ¿Y qué se había logrado? Vino una depresión colectiva grande, hasta 1994 que comenzó la reconstrucción.  Para mí fue un milagro”.